Filosofía Noir: ¿Por qué narices tenemos que etiquetar?

En Extra | 12.7.2016

por Aníbal Monasterio Astobiza

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El cine negro no es un género cinematográfico. Es una forma de hablar (o de contar) y ver cine, y por qué no decirlo, ver el mundo y la vida. Pero entonces, ¿por qué esa obsesión y necesidad por etiquetar y categorizar las cosas?

El mundo es un caleidoscopio de sonidos, percepciones, olores… y otros estímulos que bombardean nuestros sentidos. Para dar sentido a esta cacofonía nuestra mente categoriza esta miríada de estímulos en categorías discretas y concretas que estructuran y representan las propiedades de los objetos.

Por ejemplo, cuando identificamos AGUA con el concepto de que el agua es típicamente trasparante, liquido y sin sabor, este concepto se puede representar a través de las propiedades de ser trasparente, liquido, sin sabor etc. Y luego, si estas propiedades son conocimientos podemos representar esos conocimientos hasta que deje de haber conocimiento que representar.

Etiquetar las cosas nos permite conocer. Identificar las cosas. Hasta aquí todo correcto. Pero en el arte, la práctica y ejercicio estético, y en concreto en el mundo del cine, la tiranía de las etiquetas y la obsesión por dar nombre a todo muchas veces crea límites para la mismísima creatividad, la exploración y la experimentación.

Parámetros clásicos para identificar una historia en el cine negro son las calles oscuras y sucias de una megaurbe, la corrupción, el crimen, el fatalismo y la desesperanza. Los personajes encierran siempre una ambigüedad irresoluble, no son buenos ni malos, y el protagonista que pensamos que es bueno, siempre toma decisiones moralmente reprobables.

En toda película de cine negro se advierte una atmósfera de cinismo y pesimismo que lo inunda todo como los sonidos diegéticos de la gran ciudad bulliciosa con sirenas, cristales rotos, mecheros que se encienden, disparos y coches a toda velocidad.

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Esta es una descripción paradigmática de cine negro que se manifiesta en ejemplos clásicos como Perdición (Wilder, 1944), El cartero siempre llama dos veces (Garnett, 1946), El sueño eterno (Hawks, 1946) o Retorno al pasado (Tourner, 1953).

Pero como decimos el cine negro no es un género, sino un tono a la hora de contar una historia. Aunque identifiquemos personajes arquetípicos, la mujer traicionera y engañosa, el hombre moralmente ambiguo y débil o elementos y tropos característicos con parámetros clásicos como el simbolismo de las calles de la ciudad, luces de neón, fatalismo etc.; Christopher Nolan uno de los directores que ha podido seguir una carrera paralela en el cine indie de autor y de los grandes estudios, citado por Chuck Stephens en la revista Filmmaker dice del cine negro:

lo importante del cine negro es el punto de vista como una noción importante en la historia a contar donde está totalmente aceptado que puedes hacer flashback y flashforward y cambios de punto de vista.

Nolan es uno de los representantes de la experimentación neo-noir y desde Memento (2000), hasta la trilogía Batman Begins (2005), El Caballero oscuro (2008), El Caballero oscuro: La leyenda renace (2012), e incluso Interstellar (2014) y Origen (2010), aunque ambientadas en el espacio la primera y en un mundo distópico la segunda, todas sus películas tienen elementos de experimentación del cine negro o como se etiqueta ahora neo-noir.

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Pero antes del resurgimiento del neo-noir en el cine contemporáneo directores de la década de los 80 continuaban experimentando y haciendo malabares y juegos con el punto de vista rompiendo con los tropos y elementos clásicos del cine negro, pero de todas formas siguiendo su esencia, aunque introduciendo un pluralismo que confundiría estas películas describiéndose antes como películas musicales, fantásticas, comedias, románticas… que como ejemplos por antonomasia de cine negro. One from the heart (Coppola, 1982), Brazil (Gilliam, 1985), Zelig (Allen 1983), Hanna y sus hermanas (Allen 1985) y más tarde El cielo sobre Berlin (Wenders 1987), Chunking express (Kar-Wai 1994)… son todas ellas, si bien no lo parecen, ejemplos de neo-noir o cine negro.

Steven Soderbergh representaría este pluralismo cuando revisitó un clásico del cine negro (El abrazo de la muerte 1949 de Siodmak) en Bajos fondos (1995). El cine negro dejaría de identificarse con las ciudades oscuras o los sombreros a lo Humphrey Bogart y empezaría a estar ambientado en futuros distópicos, el presente o inclusive tener elementos musicales, de comedia, drama, misterio etc. Desnudado el cine negro de sus tropos y parámetros clásicos con el comienzo del pluralismo, la tendencia continuó con Reservoir dogs (Tarantino, 1992), La última llamada (Schumacher 2003) o La terminal (Spielberg 2004).

El cine negro empezó siendo una cosa y ha acabado siendo otra. Por eso no podemos decir que sea un género. Pero desde las primeras películas americanas descritas por la crítica francesa como cine negro hasta Fargo (hermanos Coen, 1996) El gran Lebowski (hermanos Coen, 1998) o La terminal (Spielberg 2004), lo que queda es la experimentación con los cambios en los puntos de vista, e intrincadas formas de narrar que rompen con el esquema tradicional de las tramas.

Si tuviéramos que definir el cine negro diríamos que es experimentación con la narrativa, un difícil equilibrio entre la adherencia a las normas tradicionales y la innovación. Algunos autores incluso piensan que el cine negro es el cine en estado puro. Quizá esta afirmación sea exagerada, pero el cine negro si pudiéramos categorizarlo o etiquetarlo es como una exploración en el lenguaje del arte cinematográfico que constantemente empuja sus propios límites y categorías de ahí que se pueda hablar de cine negro, neo-noir, post-neo-noir… etc. y ninguna de estas categorías lo describiría plenamente.

Si el cine negro como etiqueta descriptiva ha mutado, el problema con las nuevas etiquetas (neo-noir, post-neo-noir…) es que como lo fue la etiqueta original se crea por críticos y teóricos de manera retrospectiva para intentar describir trabajos distintos. Las etiquetas y categorías no desaparecerán, pero la etiquetas no pueden servirte de molde estático para describir fenómenos flujo y en constante cambio como la filosofía noir.